domingo, marzo 12, 2006

Juegos

Jugábamos mucho a la bolita. Yo era torpe. Casi siempre perdía. Como el pago era en bolitas tenía que reponerlas. Cuando conseguía alguna moneda (casi siempre de origen ricardiano) iba a comprarlas a la librería Pandelo, en Cabildo casi Besares. También le cambiaba a Adolfo libritos de Calleja por bolitas.

Cuando venían a visitarnos los tíos Clemente y Angelita con Coca y Jorge, éste intervenía también en las partidas de bolita, que se armaban en una canchita que habíamos preparado en un terreno frente a la bicicletería de Marino, junto a la zanja de Cuba. Y Jorge soportaba las críticas y reclamos de los jugadores, porque no tiraba desde donde le correspondía, sino que adelantaba la mano veinte o treinta centímetros, antes de tirar la bolita. Se ganó, justicieramente, el mote de "robanza".

Yo solía ir a pasar unos días a casa de mis tíos Alvarez, en Palermo. Esos veraneos me hicieron notar que en cuanto a juegos, los chicos de Núñez éramos muy atrasados. Aparte de la pelota y la bolita, no jugábamos a otra cosa. En cambio, los de Palermo jugaban a la rayuela, la biyarda, el yo.yo. El balero era infaltable.

La biyarda era un juego especial. Se hacía un huso con un trozo de palo de escoba de unos diez centímetros aguzado en las puntas. Se colocaba en el suelo y se golpeaba una de las puntas con un palo de escoba, el huso saltaba, y con el mismo palo había que tomarlo en el aire para mandarlo lo más lejos posible. Lo que no recuerdo es cómo seguía el juego.

También en Palermo se hacían frecuentes fogatas en las calles ("fogaratas" les decían) Muy especialmente en las noches de San Juan , para lo cual, pacientemente , los chicos ibamos juntando ramas y maderas con lo que se armaba un gran montículo, cuanto más grande mejor.

Otra diversión consistía en colocar tapitas de cerveza rellenas con una sabia mezcla de potasio, azufre y carbonilla, en las vías del tranvía que pasaba por Gorriti. A mi primo Quique, dos años mayor y cerebro de las travesuras, se le ocurrió una vez cambiar la tapita de cerveza por una caja de pomada vacía. La colocamos bien repleta sobre la vía y por las dudas nos alejamos atrás de un árbol. Pasó por fin el tranvía y la explosión fue tremenda, le levantó tablas del piso. Se armó un escándalo, bajaron el conductor y el guarda y hubo que huir. Fuimos los pioneros del atentado.
También se jugaba a "Cachurra monta la burra" y al "Rango y mida". juegos que el progreso llevó a Núñez más tarde.

Era común ver a chicos montados en zancos. Mi primo Quique los fabricaba con palos de escoba a los que colocaba unas maderitas para ponr los pies.
También había maestros en el arte de arrojar los trompos de madera con puntas de hierro afiladas. Se arrollaba al trompo un largo hilo empezando por arriba y terminando en la punta. Luego se tiraba el trompo sujetando el extremo de la cuerda y el trompo bailaba por un largo tiempo. Había un arte para afilar las puntas metálicas, que al parecer era muy importante para lograr un buen resultado.

Una vez, el tío Ricardo consiguió en su trabajo elementos y engranajes para armar un manomóvil de grandes ruedas. Con los pies se manejaba como dirección el eje delantero y atrayendo y alejando una palanca el artefacto se movía con importante velocidad. Subíamos y bajábamos rápidamente por el declive de Aráoz entre Gorriti y Cabrera. Ese glorioso manomóvil recaló más tarde en Manzanares, donde terminó prolijamente destruído.

En cuanto mis tíos Alvarez con Quique a la cabeza llegaron a Núñez, primero en la casa alquilada de Besares y luego en la propia de Paroissien, se comenzó a notar su influencia en los juegos. Introdujo la técnica del barrilete, del trompo, del yo-yo, el balero....no pudo imponer la biyarda. No entró en nuestro modo de vida.
Sí triunfó con las cinco piedritas del ai nenti o di nenti. Y fundamentalmente enseño a encender fogatas, que en invierno, nos permitían amenas reuniones en el baldío de Manzanares y Cuba.

También perfeccionó hábilmente el sistema para conseguir mandarinas del árbol que los Sieburger tenían en su enorme casona de Manzanares y Arcos. El citado arbol estaba tan cerca de la pared que sus ramas sobresalían hacia la vereda, cargadas en su tiempo con sus amarillos frutos.

Quique observó con suficiencia nuestros primitivos intentos para apoderarnos de las mandarinas más bajas, con el sencillo mètodo de juntar los dedos de ambas manos para permitir que otro delincuente apoyara allí el pie y se alzara hasta el borde superior de la pared. Diseñó entonces un largo palo con un filo en la punta y una bolsita de género para capturar la mandarina cortada. Así había mayor alcance, más comodidad y se recolectaban más mandarinas, que luego íbamos a comer al terreno. Ni las verdes se salvaban!

En la casa de los Sieburger, los dueños de la curtiembre cercana, había una sirvienta morruda y con cara de pocos amigos, que había advertido los latrocinios y vigilaba el árbol. Una vez, un repartidor que tenía el almacenero don Luis, de Arcos y Manzanares, encontró abierta la puertita de servicio del caserón que daba sobre Manzanares. La puereta principal estaba sobre Arcos. Ni lerdo ni perezoso entró, se subió al árbol y empezó a despojarlo de las mandarinas que iba tirando para que las recogiéramos. De pronto, apareció la sirvienta que a los gritos le preguntó qué estaba haciendo ahí subido. "Manzanita" que así se llamaba el chico, sin amedrentarse empezó a gritar "un canario, un canario" y fingió buscarlo entre las ramas.La buena mujer le creyó y trató de visualizar al ave. El avispado ladronzuelo bajó con aire de decepción, declaró que seguramente el canario había volado a otro árbol y salió tranquilamente.

Cuando los tíos Alvarez se mudaron a Besares, el juego predilecto era ir a "la montañita" , una elevación del terreno que estaba en Ruiz Huidobro entre O·Higgins y Arcos, creo. Allí íbamos a jugar subiendo y bajando por senderos cavados en la tierra, creyéndonos aventureros.

Y ahí en Besares, fue donde Quique montó su construcción y venta de barriletes. Compraba el papel adecuado, llamado precisamente "barrilete", de colores, en la libreria de Ricciardi, Arcos casi esquina Paroissien, y para ahorrar el papel comprado, le colocaba una franja de papel blanco de almacén.

Era especialista en "bombas" octogonales y "granadas" mitad bomba y mitad estrella. Los vendía a 10 centavos y tenía buena clientela. No recuerdo de dónde sacaba las cañas, que partía en cuatro, las cortaba a la medida, las ataba en el centro con hilo o con un alfiler y guiado por el cuadriculado de las baldosas las unía en los extremos con un hilo. Así estaba listo el armazón. Luego pegaba el papel con engrudo y agregaba los flecos. El comprador debía encargarse de la cola de trapo y del piolín.