domingo, marzo 12, 2006

Mi epopeya aérea

Desde muy chico me sentí fuertemente atraído por la aviación. Como aprendí a leer muy temprano ( 5 años?), leía dirariamente en "La Prensa" la sección "Noticias de aviación", donde figuraban principalmente los contínuos accidentes que se producían.
Recuerdo especialmente un artìculo donde decían que Argentina tenía el récord de accidentes, en relación a la cantidad de aparatos en uso.

En los desfiles militares del 9 de Julio participaban acttivamente la aviaciòn militar y la naval. Días antes yo me subía a la terraza de la cocina y esperaba ansiosamente la aparición de las escuadrillas que se adiestraban para el desfile. Me pasaba allí las horas hasta ver asomar en la distancia las primeras màquinas. En ese entonces, los aviones militares sobrevolaban Buenos Aires continuamente. Luego esos vuelos fueron prohibidos.Los aviones que se utilizaban eran principalmente norteamericanos. Había un buen númereo de "cazas" Curtiss Hawk, monoplanos, cuyo número porque se había conseguido la patente y se construyó una serie de 30 unidades en la Fábrica Militar de Córdoba. Exxistían también unos bimotores de bombardeo liviano, Los "Glenn Martin" que usualmente practicaban "vuelo nocturno" sobre Buenos Aires !!! Recuerdo sus luces rojas y verdes, destacándose sobre el cielo oscuro.
La Escuela de Aviación Militar de Córdoba contaba con aviones de origen alemán Focke Wulf, de éstos se construyeron acá treinta.

La Marina contaba con aviones N.A. (North American) de ataque, hidroaviones Grumman y una peculiar escuadrilla de "Corsarios" biplanos, que en los desfiles impresionaban porque volaban muy bajo, con un estruendo tremendo. Luego aparecieron los hidroaviones "Catalina" y los "Consolidated". De éstos llegaron tres, pero uno se hundió en el Golfo Nuevo.

Bien, toda esta información me llenó la cabeza, y comencé a fabricar aviones de barro. El fuselaje y las alas se pegaban naturalmente, pero cuando el barro se secaba se despegaban y con una pátina de saliva los volvía a colocar. La delgada tirita de barro que eran las hélices, en cambio, se despegaban a cada rato y concluí por desecharlas explicándome que al funcionar, las hélices no se veían !!!
Colocaba mis escuadrillas en los alféizares de las ventanas de la cocina y la antecocina. De vez en cuando mamá o papá abrían las celosías, y mis aviones quedaban destrozados, pero no escarmentaba y los volvía a hacer. Cuando llovía, obviamente volvían al barro original con gran penuria para mí. Recuerdo que una vez le vendí -o canjée no sé por qué - quince biplanos de barro a un compañero de colegio, Carlos Bouzas ( ler. grado sup. o 2do. grado). Lo extraño del caso es que cuando llegué a fabricar el avioncito número trece, lo tomó entre sus dedos y lo destrozó porque odiaba ese número.Tuve que fabricar el trece y el catorce simultáneamente !!!

Luego empecé con los aviones de madera. Eran muy toscos, ordinarios. Una vez, Carlitos Vázquez le dijo a su primo de Lanús que yo tenía aviones de madera. Quiso verlos el primo, que era un poco mayor. Los padres tenìan una armería y él armaba juguetes en miniatura. Lo cierto es que cuando vio los mìos dijo que eran una porquerìa. Por supuesto quedé muy ofendido, aunque era cierto. Pero yo quería a mis aviones, los tenìa desplegados en el suelo . En el cemento rojo que habìa entre la pieza del fondo y el lavadero, bajo la higuera, estaba "El Palomar". Allí estacionaba unos quince o veinte aparatos de distinto tipo.
Los fuselajes eran de palo de escoba que no me molestaba en ahusar, las alas eran, por supuesto, de madera de cajón.

Una vez el alemán Hugo, luego de haber visto conmigo una pelìcula de aviación en el "Estrella" construyó un prolijo y minucioso biplano de caza, que luego de unos años me regaló. Era la joya de "El Palomar"...
En otros rincones del patio tenía los aeródromos de "Parana" y "El Plumerillo", amén de "Villa Reynolds".
Cuando organizaba desfiles, eran bajo la parra y alineaba a los aparatos de todos los aeródromos....
Ya en la secundaria comencé a leer unas novelitas de aviación "Bill Barnes". Llegué a tener unas treinta, junto con otras de "La Sombra" y "Don Savage". Biblioteca que tuvo mal fin, porque papá, enojado por mis flojas notas, las hizo desaparecer!!!.
Mis aviones de madera ya habían desaparecido tambièn y los de barro, hacía tiempo que no se fabricaban más.
Mis deseos de ingresar en la Escuela de Aviación Militar de Córdoba (que no eran muy intensos, admito) fueron rápidamente desechados por los viejos. El Comercial, era mi futuro !!!

Más juegos

Los juegos de nuestra infancia podrían dividirse en dos categorías: los "externos" y los "internos·".Los primeros eran obviamente los de la calle, como dije, casi todos importados de Palermo vía Quique.

En cuanto a los internos, aparte de mis avioncitos de madera y barro que merecerán un capítulo aparte, los soldaditos de plomo ocuparon un lugar principal. Llegué a tener más de sesenta, de diferentes orígenes. Los "Reyes" me trajeron cajas más de una vez, una de ellas de origen estadounidense según los uniformes de los soldados, además el abanderado llevaba una bandera azul y blanca, pero... en el ángulo superior izquierdo se entreveían las estrellas de la Unión.

Un episodio lamentable sucedió con los soldaditos. Resulta que mi vecino de enfrente, Carlitos Vàzquez tenía unos cuantos. Yo iba a su casa a jugar llevando los míos, y al regresar a casa solía traerme "equivocado" alguno de los soldados de Carlitos. Como él en verdad, no tenía tantos debía observar las faltas, y una vez que yo había organizado un desfile en la mesa de la cocina contando con los "secuestrados", llegó él inopinadamente y no me dio tiempo a esconder el latrocinio. Apenas pude cubrir los "transportados" con "La Prensa", pero Carlitos, astuto, levantó el diario y exclamó: "mis soldaditos"!!! Hubo un conflicto vecinal, yo alegué que realmente me traía algunos soldaditos que luego volvía a llevar.... lo que no era cierto.

En el barrio había varios chicos con los que compartía ese juego. Coco Hoyos tenía unos cuantos, y Herminio Pérez, el hijo del dentista de Jaramillo y Oblligado también tenía muchos. Este chico había sido compañero del colegio primario en 4to. y 5to. grado. Tenía un hermano mayor con problemas de conducta. Poseía un rifle de aire comprimido y desde su azotea disparaba contra los peatones. Sus padres tuvieron varios conflictos con los vecinos y creo que hubo denuncias a la policía, pero como el padre era un personaje en el barrio (un profesional !!!) no hubo consecuencias. En cuanto a Herminio, muy buen alumno, me ganó un concurso de ortografía en 5to. grado, en el que por eliminación habíamos quedado finalistas. La palabra decisiva fue "lucecitas" que yo escribí así con "c" y él escribió "lucesitas". El maestro Vigliani le otorgó el triunfo. Todavía hoy no estoy convencido de haberme equivocado. Bien, Herminio llegó a ser un brillante geólogo, pero murió muy joven.

Volviendo al tema, Hermino tenía muchos soldaditos, los traía a nuestro zaguán y allí alineábamos las tropas enfrentadas, y disparábamos con una bolita para voltearlas. Ganaba el que tiraba a todos los enemigos. Yo jugaba con ventaja, porque tenía varios soldados cuerpo a tierra, muy difíciles de voltear.

Aparte de los regalados, en cuanto tenía unas monedas iba a un bazar-juguetería que había en Cabildo, justo donde nace la Av. San Isidro, al lado del cine "Estrella". Allí tenían una caja repleta de soldaditos de plomo sin pintar, que vendían a 10 centavos cada uno. Descubrí que también tenían indios y compré varios para tener enemigos. Mamá me compró allí un juguete de lata que representaba un carrito de cocina de campaña. Con ese carrito y un gran tanque de guerra comprado por papá, tenía el desfile completo. Ese tanque tenía unas cadenas laterales de goma dentada que le permitía superar obstáculos. Cuando marchaba -a cuerda- iba disparando chispas del cañoncito de la torreta.

Una vez, un compañero de colegio, un tal Salgado, me interesó en la compra de un auto "Schuco" que tenía la propiedad de andar por la mesa, llegar al borde y parar, girando hacia los costados. No se caía. Deslumbrado, se lo cambié por treinta o cuarenta bolitas, pero nunca pude verlo funcionar, porque mi avispado condiscípulo nunca me entregó la llave por la sencilla razón de que la cuerda estaba rota. El pibe Salgado, pues, me estafó.

Los Reyes me traían también carros de bombero con faroles de luz eléctrica, munidos de una pesada batería que en verdad, duraba muy poco. Ah! y las lanchitas po-pó! Había que encender un algodoncito empapado en alcohol, colocado en una bandejita en el centro de la lancha. Se calentaba el agua, se vaporizaba, salía el vapor por un tubito y la lancha avanzaba por el agua, algo así como en retropropulsión.

En las noches de verano, los vecinos salían con sus sillones de mimbre a tomar fresco y a chimentar. no recuerdo si los Vázquez ya vivían enfrente cuando llegamos a Manzanares, pero ya estaban cuando yo tenía seis o siete años. En esas noches calurosas, matizada por el escándalo de la cacería de algún sapo escapado de la zanja de Cuba, papá acostumbraba esconder moneditas en los troncos de los árboles, lo llamábamos "el árbol cuevita", o en las paredes sin revocar de una casa en la esquina de Arcos. Martha, Elizabeth, Carlitos y yo pugnábamos por encontrarlas, creo recordar que también participaba una rubiecita flaca que vivía enfrente, en lo que llamàbamos "el conventillo de doña María la loca"

El citado Carlitos, contó con una bicicleta que "le trajeron los Reyes" Papá y especialmente mamá creían que la bicicleta era un invento satánico para causar accidentes. Nunca me compraron una. Entonces, cuando a la noche los padres salían a la calle, Carlitos andaba en bicicleta de esquina a esquina. Yo me sentía descolocado, a veces me prestaban un triciclo grande que ellos guardaban en el baño y que pertenecía a Elizabeth que nunca lo usaba. El asunto me humillaba un poco...

A veces jugábamos a los cow-boys. Eramos Tom Mix o Gene Autry o Búfalo Bill, en el terreno de al lado de casa. Un día cayó un pibe belicoso de la barra de Besares y nos desafió a pelear. Nadie quiso aceptar el reto, pero Carlitos sí lo hizo y le hizo frente, y sufrió una flor de paliza. Después supimos que el pibe boxeaba en Platense. Algo parecido le pasó a Quique con otro peleador de Paroissien, Garín, que estuvo conmigo en el primario y toreaba a todo el mundo. Quique no lo aguantó y se pelearon en la esquina de Paroissien y O·Higgins. Garín ganó por puntos, Quique fue muy golpeado, pero como solía suceder entonces, en adelante lo respetaron.

Otro juguete improvisado era el paracaídas. Conseguíamos algún retazo de tela cuadrado, le colocábamos un hilo en cada punta. los uníamos en un nudo y ya estaba listo el paracaídas. Quique confeccionó una especie de perilla de madera con un gancho al pie. La perilla hacía las veces de paracaidista y enganchando el pie con una honda lo arrojábamos hacia arriba lo más alto posible. El paracaídas bajaba lentamente y a veces el viento lo arrojaba a algún techo vecino. Uno con un soldado de plomo, cayó en el inaccesible techo de nuestro dormitorio. Muchos años después, lo rescató don Silvio Bonazzi, nuestro inquilino de la época difícil. Don Silvio se trepaba al techo por el frente. Aprovechaba las "buñas" o canaletas que ornaban el frente de la casa. Nunca supe cómo se las arreglaba al llegar a la ancha cornisa, pero él subía. Rescataba pelotas ya descoloridas y al paracaidista perdido. Don Silvio, al parecer, había sido arquero de Bánfield. Cuando jugábamos a la pelota, él desde el umbral nos daba indicaciones tácticas.

Juegos

Jugábamos mucho a la bolita. Yo era torpe. Casi siempre perdía. Como el pago era en bolitas tenía que reponerlas. Cuando conseguía alguna moneda (casi siempre de origen ricardiano) iba a comprarlas a la librería Pandelo, en Cabildo casi Besares. También le cambiaba a Adolfo libritos de Calleja por bolitas.

Cuando venían a visitarnos los tíos Clemente y Angelita con Coca y Jorge, éste intervenía también en las partidas de bolita, que se armaban en una canchita que habíamos preparado en un terreno frente a la bicicletería de Marino, junto a la zanja de Cuba. Y Jorge soportaba las críticas y reclamos de los jugadores, porque no tiraba desde donde le correspondía, sino que adelantaba la mano veinte o treinta centímetros, antes de tirar la bolita. Se ganó, justicieramente, el mote de "robanza".

Yo solía ir a pasar unos días a casa de mis tíos Alvarez, en Palermo. Esos veraneos me hicieron notar que en cuanto a juegos, los chicos de Núñez éramos muy atrasados. Aparte de la pelota y la bolita, no jugábamos a otra cosa. En cambio, los de Palermo jugaban a la rayuela, la biyarda, el yo.yo. El balero era infaltable.

La biyarda era un juego especial. Se hacía un huso con un trozo de palo de escoba de unos diez centímetros aguzado en las puntas. Se colocaba en el suelo y se golpeaba una de las puntas con un palo de escoba, el huso saltaba, y con el mismo palo había que tomarlo en el aire para mandarlo lo más lejos posible. Lo que no recuerdo es cómo seguía el juego.

También en Palermo se hacían frecuentes fogatas en las calles ("fogaratas" les decían) Muy especialmente en las noches de San Juan , para lo cual, pacientemente , los chicos ibamos juntando ramas y maderas con lo que se armaba un gran montículo, cuanto más grande mejor.

Otra diversión consistía en colocar tapitas de cerveza rellenas con una sabia mezcla de potasio, azufre y carbonilla, en las vías del tranvía que pasaba por Gorriti. A mi primo Quique, dos años mayor y cerebro de las travesuras, se le ocurrió una vez cambiar la tapita de cerveza por una caja de pomada vacía. La colocamos bien repleta sobre la vía y por las dudas nos alejamos atrás de un árbol. Pasó por fin el tranvía y la explosión fue tremenda, le levantó tablas del piso. Se armó un escándalo, bajaron el conductor y el guarda y hubo que huir. Fuimos los pioneros del atentado.
También se jugaba a "Cachurra monta la burra" y al "Rango y mida". juegos que el progreso llevó a Núñez más tarde.

Era común ver a chicos montados en zancos. Mi primo Quique los fabricaba con palos de escoba a los que colocaba unas maderitas para ponr los pies.
También había maestros en el arte de arrojar los trompos de madera con puntas de hierro afiladas. Se arrollaba al trompo un largo hilo empezando por arriba y terminando en la punta. Luego se tiraba el trompo sujetando el extremo de la cuerda y el trompo bailaba por un largo tiempo. Había un arte para afilar las puntas metálicas, que al parecer era muy importante para lograr un buen resultado.

Una vez, el tío Ricardo consiguió en su trabajo elementos y engranajes para armar un manomóvil de grandes ruedas. Con los pies se manejaba como dirección el eje delantero y atrayendo y alejando una palanca el artefacto se movía con importante velocidad. Subíamos y bajábamos rápidamente por el declive de Aráoz entre Gorriti y Cabrera. Ese glorioso manomóvil recaló más tarde en Manzanares, donde terminó prolijamente destruído.

En cuanto mis tíos Alvarez con Quique a la cabeza llegaron a Núñez, primero en la casa alquilada de Besares y luego en la propia de Paroissien, se comenzó a notar su influencia en los juegos. Introdujo la técnica del barrilete, del trompo, del yo-yo, el balero....no pudo imponer la biyarda. No entró en nuestro modo de vida.
Sí triunfó con las cinco piedritas del ai nenti o di nenti. Y fundamentalmente enseño a encender fogatas, que en invierno, nos permitían amenas reuniones en el baldío de Manzanares y Cuba.

También perfeccionó hábilmente el sistema para conseguir mandarinas del árbol que los Sieburger tenían en su enorme casona de Manzanares y Arcos. El citado arbol estaba tan cerca de la pared que sus ramas sobresalían hacia la vereda, cargadas en su tiempo con sus amarillos frutos.

Quique observó con suficiencia nuestros primitivos intentos para apoderarnos de las mandarinas más bajas, con el sencillo mètodo de juntar los dedos de ambas manos para permitir que otro delincuente apoyara allí el pie y se alzara hasta el borde superior de la pared. Diseñó entonces un largo palo con un filo en la punta y una bolsita de género para capturar la mandarina cortada. Así había mayor alcance, más comodidad y se recolectaban más mandarinas, que luego íbamos a comer al terreno. Ni las verdes se salvaban!

En la casa de los Sieburger, los dueños de la curtiembre cercana, había una sirvienta morruda y con cara de pocos amigos, que había advertido los latrocinios y vigilaba el árbol. Una vez, un repartidor que tenía el almacenero don Luis, de Arcos y Manzanares, encontró abierta la puertita de servicio del caserón que daba sobre Manzanares. La puereta principal estaba sobre Arcos. Ni lerdo ni perezoso entró, se subió al árbol y empezó a despojarlo de las mandarinas que iba tirando para que las recogiéramos. De pronto, apareció la sirvienta que a los gritos le preguntó qué estaba haciendo ahí subido. "Manzanita" que así se llamaba el chico, sin amedrentarse empezó a gritar "un canario, un canario" y fingió buscarlo entre las ramas.La buena mujer le creyó y trató de visualizar al ave. El avispado ladronzuelo bajó con aire de decepción, declaró que seguramente el canario había volado a otro árbol y salió tranquilamente.

Cuando los tíos Alvarez se mudaron a Besares, el juego predilecto era ir a "la montañita" , una elevación del terreno que estaba en Ruiz Huidobro entre O·Higgins y Arcos, creo. Allí íbamos a jugar subiendo y bajando por senderos cavados en la tierra, creyéndonos aventureros.

Y ahí en Besares, fue donde Quique montó su construcción y venta de barriletes. Compraba el papel adecuado, llamado precisamente "barrilete", de colores, en la libreria de Ricciardi, Arcos casi esquina Paroissien, y para ahorrar el papel comprado, le colocaba una franja de papel blanco de almacén.

Era especialista en "bombas" octogonales y "granadas" mitad bomba y mitad estrella. Los vendía a 10 centavos y tenía buena clientela. No recuerdo de dónde sacaba las cañas, que partía en cuatro, las cortaba a la medida, las ataba en el centro con hilo o con un alfiler y guiado por el cuadriculado de las baldosas las unía en los extremos con un hilo. Así estaba listo el armazón. Luego pegaba el papel con engrudo y agregaba los flecos. El comprador debía encargarse de la cola de trapo y del piolín.

Lecturas

En esa época empezó mi predilección por la lectura. El tío Ricardo -tenía que ser él- me trajo un par de libros de Emilio Salgari. Los dos tomos de "El buque maldito": quedé deslumbrado. Eran libros de rústica, de una encuadernación muy floja, tapas de colores que se rompían fácilmente. Pero que temas tan fascinantes! A esos siguieron "El corsario negro" con toda su serie, "Las panteras de Argel", "El capitán Tormenta", "El león de Damasco", "Sandokan" y toda la serie del Tigre de la Malasia, "Los horrores de las Filipinas", "Los naúfragos del Liguria" y qué sé yo cuántos más. Después, agotado el filón Salgari, el buen tío arremetió con Julio Verne. "La isla misteriosa" me enloqueció. La sigo releyendo. "De la tierra a la luna" me abrió otro panorama, me interesé por la astronomía.

Manzanares 2180

Creo que en el 32 o algo antes, pasamos de Cevallos a Manzanares, la casa propia!

Recuerdo una visita que hicimos cuando aún estaba en construcción. Metí el pie en un pozo con cal, lo que me valió un fuerte coscorrón paterno.

Por ese tiempo había pocas casas en la manzana. No tengo recuerdos de la mudanza, pero sí que una de las primeras noches, mi padre me llevó a un reparto de leche sobre la calle Amenábar para encargar la provisión diaria.

Frente al vestíbulo y a la cocina había un cuadrado con pedregullo de ladrillo, donde hice mis primeros juegos en la casa: montañitas de pedregullo!!!

En Manzanares, en nuestra cuadra, sólo había casas en la esquina de Arcos. Pero enfrente de casa había ya una construída, donde vivía la flia. Vázquez. El viejo, policía y la mujer, doña Haydée, gordita, con dos hijos: Carlitos, un poco menor que yo y su hermana Elizabeth algo menor que él. Aun nos tratamos, aunque de tarde en tarde.

En la esquina de Cuba y Manzanares tenía la casa el bicicletero Marino, y la bicicletería al lado, sobre Manzanares. Tenía una mujer sorda, una hija muy recatada y un hijo menor, Loly con el que nos hicimos amigos.

Al lado de la bicicletería una casa donde llegó a vivir un matrimonio judeo-alemán con dos hijos varones, Hugo y Adolfo y una hija Alicia muy callada. Los varones se integraron enseguida. Levy de apellido.

En la esquina de Arcos vivía una chica que jugaba con nosotros a la pelota en la calle. "Nosotros" éramos un chico del dpto del fondo, al lado del fabricante de chupetines. Le decían el manquito, porque le faltaba un brazo, pero jugaba muy bien, cabeceaba como un maestro. Otros jugadores eran dos chicos que compartían apellido "Blanco" aunque no eran parientes. Vivían en Cuba casi Paroissien, en casas aledañas.

Una vez se nos ocurrió desafiar al fútbol a unos atorrantes que vivían en Cuba, entre Vilela y Besares, El partido fue en un terreno baldío de la esquina de Manzanares y Cuba. Perdimos honrosamente 10 a 1. Nuestro único gol lo hizo Adolfo Levy. Nuestro consuelo fue que ellos jugaban con dos pesados "Guito" Vernazza y Francini.

Teniendo en cuenta los cuidados maternos, calculo que mis andanzas callejeras habrán comenzado entre los 10 y 11 años

Antes de Manzanares 2180

Alentado por los recuerdos de mis hermanos, arremeto con los míos que, por supuesto, arrancan unos años antes.

Nací el 5 de febrero de 1927 en una casa de la calle Perú al 600. Pero mis primeros recuerdos se ubican en un departamento de la calle Cevallos, casa que ya no existe, desde cuya terraza vi caracolear los caballos de la policía montada durante la revolución que derrocó al presidente Yrigoyen (1930). Desde allí escuchábamos los balazos, claro que yo no tenía idea de lo que estaba sucediendo.
Otro recuerdo como pantallazo, es el de mi tío Ricardo colocando un estante de madera en la cocina.

Y un juego que hacía en la escalera, con una especie de cigüeña embalsamada que me había regalado el dueño de casa !vaya regalo! la colocaba en un peldaño, subía unos escalones y la volteaba después de un manotazo, una y otra vez asombrándome cuando la veía caída.

Los dueños vivían abajo y eran espiritistas. cosa que a mi madre le atemorizaba porque por la noche se oían ruidos. Nosotros viviamos arriba.

También recuerdo de esa época, las visitas al médico, Dr. Morrone, a las que mi padre me llevaba engañado, diciéndome que íbamos a visitar al tío Ricardo. Y seguía la farsa, preguntándole a la enfermera si estaba el tío, seguramente guiñándole un ojo, porque ella nos hacía pasar asintiendo.