Más juegos
Los juegos de nuestra infancia podrían dividirse en dos categorías: los "externos" y los "internos·".Los primeros eran obviamente los de la calle, como dije, casi todos importados de Palermo vía Quique.
En cuanto a los internos, aparte de mis avioncitos de madera y barro que merecerán un capítulo aparte, los soldaditos de plomo ocuparon un lugar principal. Llegué a tener más de sesenta, de diferentes orígenes. Los "Reyes" me trajeron cajas más de una vez, una de ellas de origen estadounidense según los uniformes de los soldados, además el abanderado llevaba una bandera azul y blanca, pero... en el ángulo superior izquierdo se entreveían las estrellas de la Unión.
Un episodio lamentable sucedió con los soldaditos. Resulta que mi vecino de enfrente, Carlitos Vàzquez tenía unos cuantos. Yo iba a su casa a jugar llevando los míos, y al regresar a casa solía traerme "equivocado" alguno de los soldados de Carlitos. Como él en verdad, no tenía tantos debía observar las faltas, y una vez que yo había organizado un desfile en la mesa de la cocina contando con los "secuestrados", llegó él inopinadamente y no me dio tiempo a esconder el latrocinio. Apenas pude cubrir los "transportados" con "La Prensa", pero Carlitos, astuto, levantó el diario y exclamó: "mis soldaditos"!!! Hubo un conflicto vecinal, yo alegué que realmente me traía algunos soldaditos que luego volvía a llevar.... lo que no era cierto.
En el barrio había varios chicos con los que compartía ese juego. Coco Hoyos tenía unos cuantos, y Herminio Pérez, el hijo del dentista de Jaramillo y Oblligado también tenía muchos. Este chico había sido compañero del colegio primario en 4to. y 5to. grado. Tenía un hermano mayor con problemas de conducta. Poseía un rifle de aire comprimido y desde su azotea disparaba contra los peatones. Sus padres tuvieron varios conflictos con los vecinos y creo que hubo denuncias a la policía, pero como el padre era un personaje en el barrio (un profesional !!!) no hubo consecuencias. En cuanto a Herminio, muy buen alumno, me ganó un concurso de ortografía en 5to. grado, en el que por eliminación habíamos quedado finalistas. La palabra decisiva fue "lucecitas" que yo escribí así con "c" y él escribió "lucesitas". El maestro Vigliani le otorgó el triunfo. Todavía hoy no estoy convencido de haberme equivocado. Bien, Herminio llegó a ser un brillante geólogo, pero murió muy joven.
Volviendo al tema, Hermino tenía muchos soldaditos, los traía a nuestro zaguán y allí alineábamos las tropas enfrentadas, y disparábamos con una bolita para voltearlas. Ganaba el que tiraba a todos los enemigos. Yo jugaba con ventaja, porque tenía varios soldados cuerpo a tierra, muy difíciles de voltear.
Aparte de los regalados, en cuanto tenía unas monedas iba a un bazar-juguetería que había en Cabildo, justo donde nace la Av. San Isidro, al lado del cine "Estrella". Allí tenían una caja repleta de soldaditos de plomo sin pintar, que vendían a 10 centavos cada uno. Descubrí que también tenían indios y compré varios para tener enemigos. Mamá me compró allí un juguete de lata que representaba un carrito de cocina de campaña. Con ese carrito y un gran tanque de guerra comprado por papá, tenía el desfile completo. Ese tanque tenía unas cadenas laterales de goma dentada que le permitía superar obstáculos. Cuando marchaba -a cuerda- iba disparando chispas del cañoncito de la torreta.
Una vez, un compañero de colegio, un tal Salgado, me interesó en la compra de un auto "Schuco" que tenía la propiedad de andar por la mesa, llegar al borde y parar, girando hacia los costados. No se caía. Deslumbrado, se lo cambié por treinta o cuarenta bolitas, pero nunca pude verlo funcionar, porque mi avispado condiscípulo nunca me entregó la llave por la sencilla razón de que la cuerda estaba rota. El pibe Salgado, pues, me estafó.
Los Reyes me traían también carros de bombero con faroles de luz eléctrica, munidos de una pesada batería que en verdad, duraba muy poco. Ah! y las lanchitas po-pó! Había que encender un algodoncito empapado en alcohol, colocado en una bandejita en el centro de la lancha. Se calentaba el agua, se vaporizaba, salía el vapor por un tubito y la lancha avanzaba por el agua, algo así como en retropropulsión.
En las noches de verano, los vecinos salían con sus sillones de mimbre a tomar fresco y a chimentar. no recuerdo si los Vázquez ya vivían enfrente cuando llegamos a Manzanares, pero ya estaban cuando yo tenía seis o siete años. En esas noches calurosas, matizada por el escándalo de la cacería de algún sapo escapado de la zanja de Cuba, papá acostumbraba esconder moneditas en los troncos de los árboles, lo llamábamos "el árbol cuevita", o en las paredes sin revocar de una casa en la esquina de Arcos. Martha, Elizabeth, Carlitos y yo pugnábamos por encontrarlas, creo recordar que también participaba una rubiecita flaca que vivía enfrente, en lo que llamàbamos "el conventillo de doña María la loca"
El citado Carlitos, contó con una bicicleta que "le trajeron los Reyes" Papá y especialmente mamá creían que la bicicleta era un invento satánico para causar accidentes. Nunca me compraron una. Entonces, cuando a la noche los padres salían a la calle, Carlitos andaba en bicicleta de esquina a esquina. Yo me sentía descolocado, a veces me prestaban un triciclo grande que ellos guardaban en el baño y que pertenecía a Elizabeth que nunca lo usaba. El asunto me humillaba un poco...
A veces jugábamos a los cow-boys. Eramos Tom Mix o Gene Autry o Búfalo Bill, en el terreno de al lado de casa. Un día cayó un pibe belicoso de la barra de Besares y nos desafió a pelear. Nadie quiso aceptar el reto, pero Carlitos sí lo hizo y le hizo frente, y sufrió una flor de paliza. Después supimos que el pibe boxeaba en Platense. Algo parecido le pasó a Quique con otro peleador de Paroissien, Garín, que estuvo conmigo en el primario y toreaba a todo el mundo. Quique no lo aguantó y se pelearon en la esquina de Paroissien y O·Higgins. Garín ganó por puntos, Quique fue muy golpeado, pero como solía suceder entonces, en adelante lo respetaron.
Otro juguete improvisado era el paracaídas. Conseguíamos algún retazo de tela cuadrado, le colocábamos un hilo en cada punta. los uníamos en un nudo y ya estaba listo el paracaídas. Quique confeccionó una especie de perilla de madera con un gancho al pie. La perilla hacía las veces de paracaidista y enganchando el pie con una honda lo arrojábamos hacia arriba lo más alto posible. El paracaídas bajaba lentamente y a veces el viento lo arrojaba a algún techo vecino. Uno con un soldado de plomo, cayó en el inaccesible techo de nuestro dormitorio. Muchos años después, lo rescató don Silvio Bonazzi, nuestro inquilino de la época difícil. Don Silvio se trepaba al techo por el frente. Aprovechaba las "buñas" o canaletas que ornaban el frente de la casa. Nunca supe cómo se las arreglaba al llegar a la ancha cornisa, pero él subía. Rescataba pelotas ya descoloridas y al paracaidista perdido. Don Silvio, al parecer, había sido arquero de Bánfield. Cuando jugábamos a la pelota, él desde el umbral nos daba indicaciones tácticas.
En cuanto a los internos, aparte de mis avioncitos de madera y barro que merecerán un capítulo aparte, los soldaditos de plomo ocuparon un lugar principal. Llegué a tener más de sesenta, de diferentes orígenes. Los "Reyes" me trajeron cajas más de una vez, una de ellas de origen estadounidense según los uniformes de los soldados, además el abanderado llevaba una bandera azul y blanca, pero... en el ángulo superior izquierdo se entreveían las estrellas de la Unión.
Un episodio lamentable sucedió con los soldaditos. Resulta que mi vecino de enfrente, Carlitos Vàzquez tenía unos cuantos. Yo iba a su casa a jugar llevando los míos, y al regresar a casa solía traerme "equivocado" alguno de los soldados de Carlitos. Como él en verdad, no tenía tantos debía observar las faltas, y una vez que yo había organizado un desfile en la mesa de la cocina contando con los "secuestrados", llegó él inopinadamente y no me dio tiempo a esconder el latrocinio. Apenas pude cubrir los "transportados" con "La Prensa", pero Carlitos, astuto, levantó el diario y exclamó: "mis soldaditos"!!! Hubo un conflicto vecinal, yo alegué que realmente me traía algunos soldaditos que luego volvía a llevar.... lo que no era cierto.
En el barrio había varios chicos con los que compartía ese juego. Coco Hoyos tenía unos cuantos, y Herminio Pérez, el hijo del dentista de Jaramillo y Oblligado también tenía muchos. Este chico había sido compañero del colegio primario en 4to. y 5to. grado. Tenía un hermano mayor con problemas de conducta. Poseía un rifle de aire comprimido y desde su azotea disparaba contra los peatones. Sus padres tuvieron varios conflictos con los vecinos y creo que hubo denuncias a la policía, pero como el padre era un personaje en el barrio (un profesional !!!) no hubo consecuencias. En cuanto a Herminio, muy buen alumno, me ganó un concurso de ortografía en 5to. grado, en el que por eliminación habíamos quedado finalistas. La palabra decisiva fue "lucecitas" que yo escribí así con "c" y él escribió "lucesitas". El maestro Vigliani le otorgó el triunfo. Todavía hoy no estoy convencido de haberme equivocado. Bien, Herminio llegó a ser un brillante geólogo, pero murió muy joven.
Volviendo al tema, Hermino tenía muchos soldaditos, los traía a nuestro zaguán y allí alineábamos las tropas enfrentadas, y disparábamos con una bolita para voltearlas. Ganaba el que tiraba a todos los enemigos. Yo jugaba con ventaja, porque tenía varios soldados cuerpo a tierra, muy difíciles de voltear.
Aparte de los regalados, en cuanto tenía unas monedas iba a un bazar-juguetería que había en Cabildo, justo donde nace la Av. San Isidro, al lado del cine "Estrella". Allí tenían una caja repleta de soldaditos de plomo sin pintar, que vendían a 10 centavos cada uno. Descubrí que también tenían indios y compré varios para tener enemigos. Mamá me compró allí un juguete de lata que representaba un carrito de cocina de campaña. Con ese carrito y un gran tanque de guerra comprado por papá, tenía el desfile completo. Ese tanque tenía unas cadenas laterales de goma dentada que le permitía superar obstáculos. Cuando marchaba -a cuerda- iba disparando chispas del cañoncito de la torreta.
Una vez, un compañero de colegio, un tal Salgado, me interesó en la compra de un auto "Schuco" que tenía la propiedad de andar por la mesa, llegar al borde y parar, girando hacia los costados. No se caía. Deslumbrado, se lo cambié por treinta o cuarenta bolitas, pero nunca pude verlo funcionar, porque mi avispado condiscípulo nunca me entregó la llave por la sencilla razón de que la cuerda estaba rota. El pibe Salgado, pues, me estafó.
Los Reyes me traían también carros de bombero con faroles de luz eléctrica, munidos de una pesada batería que en verdad, duraba muy poco. Ah! y las lanchitas po-pó! Había que encender un algodoncito empapado en alcohol, colocado en una bandejita en el centro de la lancha. Se calentaba el agua, se vaporizaba, salía el vapor por un tubito y la lancha avanzaba por el agua, algo así como en retropropulsión.
En las noches de verano, los vecinos salían con sus sillones de mimbre a tomar fresco y a chimentar. no recuerdo si los Vázquez ya vivían enfrente cuando llegamos a Manzanares, pero ya estaban cuando yo tenía seis o siete años. En esas noches calurosas, matizada por el escándalo de la cacería de algún sapo escapado de la zanja de Cuba, papá acostumbraba esconder moneditas en los troncos de los árboles, lo llamábamos "el árbol cuevita", o en las paredes sin revocar de una casa en la esquina de Arcos. Martha, Elizabeth, Carlitos y yo pugnábamos por encontrarlas, creo recordar que también participaba una rubiecita flaca que vivía enfrente, en lo que llamàbamos "el conventillo de doña María la loca"
El citado Carlitos, contó con una bicicleta que "le trajeron los Reyes" Papá y especialmente mamá creían que la bicicleta era un invento satánico para causar accidentes. Nunca me compraron una. Entonces, cuando a la noche los padres salían a la calle, Carlitos andaba en bicicleta de esquina a esquina. Yo me sentía descolocado, a veces me prestaban un triciclo grande que ellos guardaban en el baño y que pertenecía a Elizabeth que nunca lo usaba. El asunto me humillaba un poco...
A veces jugábamos a los cow-boys. Eramos Tom Mix o Gene Autry o Búfalo Bill, en el terreno de al lado de casa. Un día cayó un pibe belicoso de la barra de Besares y nos desafió a pelear. Nadie quiso aceptar el reto, pero Carlitos sí lo hizo y le hizo frente, y sufrió una flor de paliza. Después supimos que el pibe boxeaba en Platense. Algo parecido le pasó a Quique con otro peleador de Paroissien, Garín, que estuvo conmigo en el primario y toreaba a todo el mundo. Quique no lo aguantó y se pelearon en la esquina de Paroissien y O·Higgins. Garín ganó por puntos, Quique fue muy golpeado, pero como solía suceder entonces, en adelante lo respetaron.
Otro juguete improvisado era el paracaídas. Conseguíamos algún retazo de tela cuadrado, le colocábamos un hilo en cada punta. los uníamos en un nudo y ya estaba listo el paracaídas. Quique confeccionó una especie de perilla de madera con un gancho al pie. La perilla hacía las veces de paracaidista y enganchando el pie con una honda lo arrojábamos hacia arriba lo más alto posible. El paracaídas bajaba lentamente y a veces el viento lo arrojaba a algún techo vecino. Uno con un soldado de plomo, cayó en el inaccesible techo de nuestro dormitorio. Muchos años después, lo rescató don Silvio Bonazzi, nuestro inquilino de la época difícil. Don Silvio se trepaba al techo por el frente. Aprovechaba las "buñas" o canaletas que ornaban el frente de la casa. Nunca supe cómo se las arreglaba al llegar a la ancha cornisa, pero él subía. Rescataba pelotas ya descoloridas y al paracaidista perdido. Don Silvio, al parecer, había sido arquero de Bánfield. Cuando jugábamos a la pelota, él desde el umbral nos daba indicaciones tácticas.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home